Desde lo formal no se podría afirmar que las obras de Cristina sean barrocas. Son más bien depuradas y de una luminosa austeridad. Tienen la sobriedad de un tribuno romano; se yerguen agraciadas con cierto decoro. Hábilmente disimulado, también hay un cierto punto de tensión: una pequeña sedición de formas; una minúscula revuelta del espíritu. Esta tensión barroca es la que aparece en los diálogos de las figuras de madera creadas por Cristina. Pero sin el detalle minucioso, sin la referencia mitológica o histórica; sin un ápice de narración. La artista parece preguntar: ¿para qué tanto arrebato?; y las obras parecen responder: es suficiente con la insinuación. Cada escultura parece seguir la consigna de templanza que inauguraron artistas como Brancusi y Moore.

Cristina supo mitigar el drama barroco hasta hacerlo secreto. La tensión está latente en cada obra, pero la forma no la delata. El ojo y la yema de los dedos se deslizan por la superficie trabajada con la perfección de las técnicas clásicas. Seguimos las vetas de la madera y a la vez presentimos que hay una zozobra secreta. En las obras salidas del taller de Cristina se impone el encanto de la austeridad. Pero también una tensión irresuelta cuyo argumento desconocemos. Quizá sea a causa de la ruptura de la unidad primigenia y el anhelo de volver a ser una. No lo sabemos con certeza y podemos esgrimir infinitas razones. El repliegue de formas escultóricas produce en el espectador un despliegue de imaginación. Y este es uno de los méritos de su creadora, Cristina.

                                                                                                        Julio Sánchez



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