La madera es la Señora en el taller de Cristina Velo. Hay troncos en los rincones y en la mesa del trabajo. Tres dimensiones atraviesan sus esculturas: la visión, el tacto y el olfato. El aroma de palo santo insinúa la intimidad de las formas que adopta la madera con la ayuda firme de las manos de la escultora. Las obras son despojadas, sin accidentes. Las herramientas intervienen asegurando la vigencia de las vetas y la nobleza del material.

Cristina presenta su obras de a una, o de a par. En las piezas solitarias se enuncia una admirable integridad; en la pareadas, naturalmente surge un diálogo. La escultora también ha experimentado con encuentros de a tres y hasta de a cuatro piezas. Sin duda, los diálogos más (in)tensos se producen de a dos. No difiere mucho de una situación entre seres humanos. Si se observa con atención cada “diálogo”, enseguida se infieren distintos matices. Algunas figuras parecen contemplarse con distancia; otras se acercan insinuantes, casi provocadoras. En otras ocasiones emerge un atisbo de pasión y ya se entrelazan. Los alejamientos no están ausentes.

Las formas de la madera no son ni de mujer ni de hombre. Sin embargo, no cuesta mucho imaginarse que una contiene energía solar y la otra lunar. Tampoco hay narración ni historias; pero es fácil creer que en medio de esas dos figuras se desarrolla una imperceptible tensión dramática. Y nosotros, los espectadores, asistimos al momento clave, al que define la situación. En otro tiempo, Bernini captó a Dafne en el momento justo en que Apolo la toca y el cuerpo de la ninfa se transforma en laurel; esculpió a David en el mismo acto de arrojar su piedra para derribar a Goliat. Fue un escultor que supo congelar el momento de mayor vehemencia.


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