Jardín de Jardines



Pocas artes, como la de la escultura, ya penumbran o someten a sus pruebas su estilo. Porque bien podría pensarse de ella, como de alguien que, ubicado frente al espacio que quiere transformar en obra, lo está constantemente colocando en el hueco que antes era la carne y la sangre misma de la sangre por nacer. Y espera, con él, hacer innovaciones, asombros, ensoñaciones. Lo cierto es que es así que la escultura se convierte en el prolegómeno de un artista que casi se preludia a sí mismo.

Maria Cristina Velo crea sin límites: la suya es una ciudad feliz, la plenitud de ciertos desnudos, el alarido rojo de una centella que quiere crecer. Su mundo es ese: lo lleva también tallado allí, en ese interior; de ese manantial desciende, o asciende cercana siempre a la mano de Dios, que es siempre quién guía sus sueños. Ni duerme ni está despierta; insomne e infatigada por sus remolinos, va levantando el dulce pueblo del amor, y elevándolo con sobrenombres de ángeles.


                                                                                                César Magrini

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